El retrato

Me lo pensaba regalar pero yo no se lo pedí. Ni siquiera me conoce, apenas por foto vislumbra una afabilidad de la que quisiera sacar provecho pero no sospecha que se agota día a día.
No necesito nada de él. Sobre todo sabiendo que ese regalo es un excusa para acercarse, muy confiado o quizás no tanto, en sus herramientas vetustas de seducción. Torpemente imagina que cualquier producto de su creatividad impone la idea de una dulzura, una inocencia imposibles de resistir. Como si yo no supiera que es pura intromisión, pura especulación y lo más grave, una indolencia absoluta hacia mis emociones.
¿Quién querría algo de un hombre así? Que se ufana de lo poco que su sensibilidad le deja ver, que se señorea porque aprendió dos o tres cosas que lo eximen de ser considerado.
¿Qué es lo grave? ¿Que me haya ofrecido como regalo algo que yo considere inapropiado? Ah, no. A cualquiera le puede pasar, meter el dedo en la llaga sin querer. Es la falta de humildad. El solapado desprecio a todo lo que se oponga a sus caprichos. El narcisismo violento. “¿¿¿Si es un regalo, por qué no te gusta???»
“¿¿¿Por qué no tragás todo lo que yo te dé para que tragues???”
Porque es mucho.

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